La vida de Ana Mendieta singulariza el intrincado valor del género en una persona como potencial de cambio social, mostrando las capacidades gesticulares del comportamiento. La idiosincrasia como factor de consumo y los añadidos protocolarios de una causa justificada para identificar la acción.
La sinrazón de la razón perdida... la futilidad de la latente mirada de un ente invisible que nos sacude sin notar su presencia como un ejército de damocles esperando soltar la carga y rasgar nuestras ataduras...
La insignia de su pecado como discurso dual de un mito que se autoregenera y retroalimenta, creando, en esencia, con su muerte, la idea original de su diatriba. Su peculiar argumento de género, que podríamos descubrir en un último aliento de vida para proclamar la potente arma que gestionaba la utilización de la silueta como icono y argumento conductor... dejando huella
Tal vez su arrojo al vacío era la cuestión de una última performance... tal vez estuvo rondando sus pesares estéticos, tal vez necesitaba cuestionar lo incuestionable. Dejar de ser frontera de su ser fronterizo. Experimentar su última performance...

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